viernes, 24 de octubre de 2008

¿Cómo influyen o no los medios de comunicación masiva en los contenidos de los diálogos de la gente?

Para responder esta pregunta antes que nada habría que establecer si los medios de comunicación llegan efectivamente a la gente, y qué tan importante es su llegada tanto cuantitativa como cualitativamente. Veamos…

Empieza el día. Lo primero que hacés es prender la radio o la tele, según tu costumbre, tu preferencia o simplemente tu disponibilidad técnica (en otras palabras, si en tu casa tenés sólo una radio o una tele)… Bueno, primero te despertás, ok. Ponéle que prender el aparato en cuestión es lo segundo que haces. A lo mejor en un principio lo hacías sólo para escuchar una voz solidaria o una música gamba que te ayudara a despabilarte, y después descubriste que también estaba piola para enterarte cuánto tiempo te queda para salir rumbo al laburo (o la escuela o la facultad). O para saber cómo está la calle, por dónde te conviene agarrar, qué novedades hubo en el mundo, o para elegir qué ropa ponerte según el clima… Está bien, vos siempre prendiste la radio/tele para informarte, porque claro, no podes salir de tu casa sin saber de qué se habla y de qué se va a hablar durante el día. Es más, te despertás y ya tenés esperándote en la puerta el diario para ojear mientras desayunas o viajas a dónde te toca comenzar el día.
Sea como sea, lo hayas hecho desde que tenés memoria o lo hayas adquirido con el tiempo, antes de empezar con las obligaciones cotidianas ya tuviste algún contacto con alguno de los grandes medios masivos de comunicación. Y si sos de los que se levantan con lo justo para lavarse la cara (o ni eso) y salir disparando porque hace más de 10 minutos que tendrías que haber salido para sólo llegar 10 minutos tarde a donde vas, no te creas que no estas incluido en la masa alcanzada por los grandes medios. Porque si no te compraste el diario para leerlo en el colectivo, ni te lo regalaron en el subte, lo relojeaste a la pasada en algún kiosko por el camino. Ya sea porque querías saber cómo le fue a “tu boquita” que jugó ayer por la copa, porque querías enterarte en dónde toca el piquete nuestro de cada día, o porque querías chequear si Cristina “K” dijo la barbaridad que escuchaste que tu vecino comentaba (con aires de estar informado) al encargado del bar de la esquina. Y sino, escuchaste la radio en el Bondi en el que viajabas, pispeaste de pasada el noticiero en la tele del frávega a media cuadra de tu laburo o en la tele del bar de la facu.

Si hasta acá logré que me concedieras el hecho de que los medios llegan día a día a casi la totalidad de personas que viven, trabajan, o estudian en cualquier ciudad de nuestro país (y probablemente del mundo), entonces pasemos a la segunda parte de la cuestión, que es la influencia que los medios tienen en los diálogos de la gente.

Para empezar hay una influencia temática. Es sabido que la mayoría de los medios de comunicación tienden a coincidir en la agenda del día, se trate del soporte que fuere (radio, tele, diario, revista, Internet, etc), y sea por una cuestión de competencia entre sí como por una cuestión de mutuo acuerdo entre los medios más importantes, que luego son imitados por todos los demás. Es decir, que los temas de relevancia, las cosas que son importantes saber o que deberían saberse (según los grandes medios, claro está) aparecen con mayor o menor detalle en casi todos los soportes existentes y casi sin variación.
Siendo que el hombre es una animal sociable (o eso dicen), ya sea por gusto o por necesidad (agrego yo), qué mejor forma de socializar hay que entablando conversación por medio de temas de público conocimiento. Porque si bien de vez en cuando nos resulta agradable o sorprendente o interesante enterarnos de algo que ignoramos, en general no hay nada que guste más a la gente que opinar de algo que conoce. No sé si será en todo el mundo igual, pero cuando menos el argentino, o si usted se pone muy exquisito y como para no errar en mi afirmación, por lo menos el porteño, encuentra más placer de hablar de lo que conoce que de lo que no, porque tiene más armas a mano para demostrar su sapiencia del tema. Esto no quiere decir que los que no saben no opinen, porque eso es otra cosa que también gusta mucho de hacerse por estos lugares. Pero cuando se cuenta con alguna información, sea verdadera o no, chequeada o no, comprobable o no, es como que se logra sostener durante más tiempo una charla, debate o discusión. Y si la información proviene de los medios de comunicación, ya está, es como decir “palabra santa”. Porque existe la leyenda urbana, que Galeano lleva al extremo pero pinta muy bien su esencia en “la cultura del terror”, de que “si lo dice la tele, si lo dice el diario, si lo dicen en la radio, debe ser así”. Y porque existe la errada idea de que el periodismo “sólo” persigue buscar la verdad para informarla (claro, porque los periodistas trabajan para empresas sin fines de lucro, ¿no?). Y porque existe la falaz creencia de que todo se chequea y de que todo se comprueba (¿En serio todavía hay gente que cree esto? Sí. Sepanló, hay. Y son un montón). Etc, etc, etc…

Pero hay más aún. Porque los medios nos invitan a jugar a “elige tu propio verbo” (de acuerdo a tu educación, nivel sociocultural, y capacidad y voluntad de crítica) y no sólo nos “proponen/imponen” las agendas temáticas, el “de qué hablar”. También nos “sugieren/convencen/obligan” “cómo hablarlo” o “desde dónde” abordar el tema. Es decir, no solamente nos van a señalar como cuestión importante el hecho de que por ejemplo, pongamos que ayer jugó la selección de fútbol, sino que además nos van a “orientar/señalar/determinar” sobre la opinión que “deberíamos/deberemos/vamos a” tener acerca de cómo jugó.
“Ey, tenés que saber que el seleccionado jugó y por medio de nosotros enterate cómo lo hizo”. Ante el hecho puntual y objetivo de que se produjo el partido, los medios de comunicación utilizan en primera instancia un criterio de selección subjetiva para decidir que esto es importante. Y luego, producen análisis que, aunque estén respaldados por datos, estadísticas, gráficos, infografías o cuadros comparativos, también serán relativamente subjetivos teniendo en cuenta que todos estos números o información son elegidos mediante un proceso de selección. Y no hace falta agregar que cuando hay selección, hay valoración, y que la valoración aún con la mejor de las intenciones siempre responde en mayor o menor medida a un anclaje subjetivo. Y todo esto, si no tenemos la mente podrida de pensar que los medios sí puedan tener intención de seleccionar los datos, números, informaciones, temáticas, etcétera, de acuerdo a alguna conveniencia específica que minimice o anule la necesidad de verificar y chequear a fondo todo antes de difundirlo.

Conclusión: los medios de comunicación masivos influyen en los diálogos del común de la gente. ¿Por qué influyen? Porque determinan las temáticas que llenan gran parte de nuestras actividades cotidianas, y además tratan de incidir en cómo asimilarlas, procesarlas y desarrollarlas.
¿Cómo influyen? Al intentar llegar al mayor público posible los medios de comunicación logran que lo que difunden sea respaldado por esa (discutible) creencia popular de que cuánto más personas piensan de una misma manera menos posibilidades hay de que estén equivocadas. Así, por ejemplo, cuantas más personas leen un diario, más se difunde un hecho. Y cuanto más se habla y se escucha sobre ese hecho, más parece tratarse de algo real. Se genera una mayor sensación de que efectivamente ocurrió.
¿Qué tanto influyen? Depende en primera instancia del alcance de difusión y de credibilidad que tengan los medios; en segunda instancia de las capacidades de discernimiento, análisis y crítica que tengan sus usuarios; y en tercera instancia de la voluntad que los antedichos usuarios tengan de ejercer sus mencionadas capacidades.

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