En dos artículos sucesivos publicados en la página digital de Crítica de la Argentina Eduardo Blaustein hace una revisión de la teoría de la Aguja Hipodérmica, aquella teoría que surgida por los años veinte planteaba la posibilidad de que un mensaje sea inculcado mediante la repetición persistente a través de un medio de comunicación. Y lo que el autor concluye es que no solo deberíamos volver a considerar esa teoría como la correcta a la hora de analizar el poder de los medios de comunicación, sino que además agrega que ese poder de alcance no sólo es real sino que además es nocivo.
Es innegable el poder que tienen los medios de comunicación para propagar mensajes, así como también es visible que estamos en su mayoría frente a contenidos nocivos, o cuando menos cuestionables. Es sabido que mucha gente es sumamente propensa a repetir y/o a tomar como propia la información que recibe de los medios masivos, ya sea por cuestiones de poca capacidad intelectual, deficiente educación, o simplemente por falta de voluntad de procesar información y de desarrollar un pensamiento crítico. Sin embargo, aún cuando estemos hablando de una repetición de años, y hasta de décadas, la reiteración por sí sola no alcanza para fundamentar el poder de alcance de tal o cual mensaje. Plantear que la efectividad de un mensaje se puede resumir solamente a su repetición es dejar afuera un montón de factores que tienen que ver con el contexto que rodea a los receptores, sus capacidades y voluntades individuales para tomar o desechar información o contenidos, y toda una serie de variables de competencias particulares que no pueden simplemente ignorarse así como así.
Blaustein reniega de que sus hijas hayan adoptado expresiones como “whatever” o las “comillas holiwoodenses”. Si las hijas de Blaustein, o de cualquiera, reproducen estas expresiones, es cierto que puede ocurrir en parte por que esté de moda o porque algún sector quiera ponerlo de moda, sea esto por fines económicos o de cualquier otra índole. Pero también cabe la posibilidad de que ocurra porque su uso tenga un cierto “saborcete”. En las elecciones que hacemos día a día hay mucho de conciente como de inconsciente. Hay quienes tienen mayores armas para percibir cuándo adopta algo por convicción propia y cuándo lo hace por pertenecer a algún grupo o para no desentonar en un entorno. Y es verdad que hay quienes tratan de aprovechar los medios para difundir y tratar de poner de moda su “saborcete”. Pero si el público expuesto a los medios de comunicación fuera una esponja lista para absorber hasta la última gota de “mensaje”, “saborcete” o “whatever” (que en castellano es justamente “lo que sea”) entonces todos los que formamos esa masa de gente deberíamos fumar, hacer yoga, tomar bebidas alcohólicas, yogures, usar smoking, usar jeans, usar cuero, usar ropa sintética… etc, etc, etc. Y sin embargo, algunos elegimos no fumar otros eligen hacerlo, algunos optan por comer sano, otros no, algunos elegimos esta ropa, otros aquella, algunos nos inclinamos por el rock otros por la cumbia. Y saliendo del consumo material y yendo al de las ideas, hay quienes se identifican con o adhieren a mensajes que van desde lo liberal a lo conservador, de lo socialista a lo individualista, de lo integrador a lo proteccionista, etc. Es verdad que aquellos mensajes que tienen mayor difusión tienen mayor posibilidad de ser recibidos, pero el solo hecho de recibirlos no garantiza la aceptación tácita de su veracidad, verosimilitud o autenticidad. Y ahí es donde entran a jugar la serie de factores que provienen de cada individuo, que hacen que la comunicación sea algo más que la simple transmisión de palabras, conectores y signos de puntuación.
Aparte queda la opinión de Blaustein de que los medios nos enferman. Para él que sus hijas vean programas como “Casi Ángeles” o repitan expresiones de la tele, es malo. También el hecho de que los medios permitan tergiversar la realidad o difundir contenidos que nos hacen “más idiotas, aturdidos y “tontolones”. Enfrascado en su pelea con algunos de los efectos de los usos más comunes que tienen los medios, Blaustein deja escapar la cuestión no menor de que ni son los únicos usos que tienen, ni de que los efectos posibles no son todos negativos. Enfrascado en la queja de lo que hay, se pierde de la más provechosa posibilidad que es la de pensar qué es lo que podría haber, y cómo lograr que se haga. Después de todo, no hay que olvidar que los medios de comunicación no son buenos o malos en sí mismos, sino que son justamente eso: medios. Las bondades o maldades que puedan causar dependen de los usos que les demos a esos medios. Y la responsabilidad le cabe tanto a aquellos que integran los medios como a aquellos que lo consumen, lo aceptan o, como mínimo, lo toleran.
Eduardo Daniel Alperi.
Fuentes:
http://www.criticadigital.com.ar/index.php?secc=nota&nid=11253
http://www.criticadigital.com.ar/index.php?secc=nota&nid=11315
martes, 14 de octubre de 2008
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